Atlas histórico de México 
José Woldenberg
1 Ene. 2009
 
Conjugar la historia y la geografía no es algo nuevo. No obstante, resulta pertinente e interesante. La historia para recuperar y recrear la memoria y la geografía para ubicarla en un territorio determinado. Ambas disciplinas ofrecen mucho al conocimiento. Sin ellas la vida y la experiencia se angostan y pierden densidad. Y ambas, aunque muy anteriores a la Ilustración, recibieron un enorme impulso de este más que potente movimiento intelectual, que intentó poner en el centro las explicaciones racionales de los fenómenos sociales.

Enrique Florescano y Francisco Eissa acaban de publicar el Atlas histórico de México (Aguilar. México. 2008. 267 pags.), consistente en una serie de mapas sucesivos que combinan ambas dimensiones: la historia y la geografía. Desde la “formación y características físicas del territorio nacional” hasta el “México moderno”, pasando por la “época prehispánica”, “la conquista”, “el Virreinato”, “La guerra de Independencia”, el siglo XIX y “La Revolución Mexicana”.

Retoman la tradición inaugurada en nuestro país por Antonio García Cubas que hace 150 años (en 1858) publicó el primer atlas histórico de la República Mexicana. Se trata de un esfuerzo pedagógico sistemático y muy bien logrado que acercará al eventual lector o veedor a una historia panorámica de nuestro país y a los territorios fundamentales en los que ha transcurrido.
En la “advertencia” que abre el libro, Enrique Florescano lo piensa como una herramienta. Y en efecto, se trata de una herramienta para la enseñanza, para el aprendizaje. Para un acercamiento primero, informado, general. Es y puede ser un auxiliar para los docentes y un libro de consulta para alumnos de los niveles medios de educación. Pero también para los lectores: esa especie que algunos piensan en extinción y que sin embargo suma legiones, que buscan en los libros como éste lo que no pueden encontrar en ningún otro medio: conocimiento sistematizado, necesario y fundamental.

El Atlas es una especie de síntesis del conocimiento historiográfico mexicano actualizado. Y eso lo lograron un historiador profesional y riguroso como Florescano y un joven investigador formado en México y el Reino Unido, Eissa. No se encontrarán ocurrencias o especulaciones, sino datos duros, explicaciones concisas, descripciones convincentes. Ante la multiplicación de libros pensados para venderse por una corta temporada, el Atlas será duradero; ante la proliferación de textos insustanciales, aquí hay otra opción: la diseñada para conocer nuestro pasado. El Atlas es una puerta de entrada cálida e interesante a dos disciplinas imprescindibles para responder a las tradicionales preguntas: ¿quiénes somos? ¿De dónde venimos?

Para los que piensan que cualquier esfuerzo de difusión de los conocimientos está condenado a derivar en textos farragosos, aburridos o primitivos, el esfuerzo de Florescano y Eissa es un rotundo desmentido. Su prosa ágil y sencilla (que no simple), los apoyos iconográficos, y el cúmulo de saberes concentrados, lo hacen un texto encantador, en el doble sentido de la palabra, seductor e hipnotizante. Uno puede ojearlo u hojearlo por cualquiera de sus capítulos, pero no se arrepentirá quien lo lea de principio a fin. Al terminar tendrá un mural -a grandes trazos- de la historia de nuestra nación.

No pretende ser y no puede ser un trabajo exhaustivo. Y los especialistas encontrarán lagunas y temas que no son abordados. Pero la intención del Atlas es funcionar como una puerta de entrada para estudiantes y lectores, y no como un material para expertos.
Hay quien dice que las escuelas se están secando. Que en las aulas se transmite un conocimiento osificado, mientras en las calles y a través de los medios masivos de comunicación, los niños y jóvenes reciben información más interesante y actualizada. Pues bien, los salones de clase pueden volver a cargarse de vitalidad con materiales de apoyo como el que comentamos. Libros que despierten el apetito e incluso el entusiasmo por conocer, por saber más.

El libro además tiene otras cualidades: un diseño claro y bello a cargo de Gerardo Mendiola; mapas y fotografías excepcionales; reproducciones elocuentes; y anotaciones curiosas que hacen agradable y hasta divertida su lectura. Un botón de muestra: en el capítulo sobre la “expansión de los mexicas” podemos leer: “Para evitar los malos olores producidos por la práctica constante de los sacrificios humanos, y otros aromas desagradables de la ciudad, los nobles de México y algunas otras localidades nahuas desarrollaron la costumbre de llevar consigo un ramillete de flores (a veces dos, uno en cada mano). Sentados en sus reuniones y caminando por las calles y plazas, los nobles se acercaban a la nariz este bouquet, que inhalaban con gusto” (se trata de un apunte extraído de un capítulo de Pablo Escalante Gonzalbo).

Francisco Eissa, cuyos afanes se centran en la historia institucional y del pensamiento político en el mundo hispánico de finales del siglo XVII a mediados del XIX, realizó, en lo fundamental, el capítulo del México moderno. Enrique Florescano, por su parte, es un promotor cultural único. Y no creo exagerar. Su capacidad para inventar proyectos, convocar autores, multiplicar apoyos es reconocida por propios y extraños. Pero además, es la calidad de los eventos y obras que promueve lo que lo convierte en una especie de mini Secretaría de Difusión de los Conocimientos Científicos. De cara a las mil y una burocracias improductivas que se reproducen en México, Florescano nos ilustra que con imaginación, talento y un mínimo de recursos se pueden realizar obras trascendentes. El Atlas es una de ellas.

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