A lo largo de la historia mexicana, descubrimos interpretaciones del pasado que se prolongan por mucho tiempo, a veces por cientos de años. Independientemente de la creatividad individual, en distintos momentos del desarrollo histórico predominó una interpretación del pasado que absorbió a las otras que convivían con ella, se extendió a territorios amplios, fue asumida por sucesivas generaciones y terminó por imponerse a las concepciones individuales más originales. En esta macronarrativa se resumieron los valores que dotaron a los pueblos de identidad y se articularon los vínculos que unían el pasado con el presente, de tal modo que esta armazón dotó de sentido a la empresa colectiva de construir a la nación. En distintas fases de desenvolvimiento de México encontramos esta cosmovisión resumida en un canon historiográfico.

Así, al recorrer las diferentes interpretaciones del pasado canonizadas en el discurso historiográfico, este libro abre una nueva ventana para reconstruir el discurso histórico y las concepciones sobre la identidad nacional.

(Primera edición: Taurus, 2002.)

Enrique Florescano nos ofrece en esta obra un acercamiento a las expresiones del discurso histórico, desde los registros orales y corporales hasta la revisión contemporánea de su objeto y sus métodos. Sobre esta base plantea algunas paradojas del proceso educativo y señala la necesidad de una reforma profunda, a la vez que propone que la enseñanza de la historia sea el eje de la formación de los nuevos ciudadanos, pues cuando su enseñanza cumple con determinados requisitos, se convierte en uno de los elementos formativos que no sólo influye en el educando como individuo, sino en el cuerpo social en su conjunto.

Esta obra permite comprender lo que es la historia, cómo han cambiado sus métodos y su discurso a través del tiempo, y reconocer que al explicarnos el presente y el pasado, la historia se convierte en una posibilidad de imaginar lo que será el porvenir.

(Primera edición: Instituto de Estudios Educativos y Sindicales de América, 2000.)

Los instrumentos que utilizó la memoria indígena para transmitir sus mensajes fueron muy variados: la sencillez del lenguaje oral, la belleza plástica del lenguaje del cuerpo, las luces y sombras de la arquitectura, el sonido de la música y sus cantos. A través de estos medios llegaron hasta nosotros los ritos, las tradiciones y la historia de una cultura milenario, y así hemos podido descubrir los ríos profundos que transportan los valores de seres humanos distintos a nosotros, pero nunca ajenos a nuestro origen. En las culturas mesoamericanas, los lenguajes corporales, orales y visuales fueron los primeros transmisores de las experiencias colectivas, y la forma más eficaz de heredar los conocimientos para asegurar la sobrevivencia del grupo. Así explicaron (y justificaron) el dominio de un linaje, la fundación del reino y el comienzo de la vida civilizada. El lenguaje escrito jamás fue el más popular o el mejor difundido, aun cuando sí tuvo la función de organizador de los mensajes transmitidos por los otros medios. Este libro revalora el papel jugado por esos lenguajes: reconstruye por primera vez los orígenes de la memoria indígena y esclarece sus formas de transmisión hasta el presente.

(Primera edición: Taurus, 1999; subsecuentemente reimpresa.)