Los orígenes del poder en Mesoamérica
Jesús Silva-Herzog Márquez

Entre los libros que se acomodan en las estanterías de novedades, se levanta una estela imponente: el nuevo libro de Enrique Florescano. La obra se publica en una edición magnífica que apenas deja cargarse. Por ambición, más que por volumen, es una obra descomunal, una investigación que corre en sentido contrario a las menudencias de la historia académica y la banalidad de cierta historia de divulgación. Un trabajo propio de varias instituciones, emprendido durante años por un solo hombre. No es que se trate de la obra de un genio solitario, sino la extraordinaria integración de saberes que ha logrado un atentísimo historiador a través del tiempo.

“De tarde en tarde, en lo infinito del tiempo y en medio de la enorme indiferencia del mundo, algunos hombres reunidos en sociedad dan origen a algo que los sobrepasa: a una civilización. Son los creadores de culturas. Y los indios de Anáhuac, al pie de sus volcanes, a orillas de sus lagunas, pueden ser contados entre esos hombres.” Estas líneas de Jacques Soustelle cierran el voluminoso trabajo de Enrique Florescano. De alguna manera, marcan el tono de la obra: Mesoamérica, más allá de su evidente diversidad, aparece como una unidad cultural. Los orígenes del poder en Mesoamérica, es una historia del arte político mesoamericano. Un arte que por supuesto, desborda lo que entendemos por arte y una política que trasciende igualmente los linderos modernos de lo político.

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Una historia de nuestra historia
Lorenzo Meyer
29 Ene. 2009

Sin una “gran narrativa” no es posible que el ciudadano tenga idea de su nación. Aquí hay un ejemplo de esa narrativa en pocas páginas.

Registrar el pasado

Hace más de siglo y medio el historiador escocés Thomas Carlyle, apoyándose en Montesquieu, declaró: “¡Feliz el pueblo cuyos anales son un espacio en blanco en los libros de historia!”. Si realmente esa falta de memoria histórica fuera un indicador de felicidad colectiva, tendríamos que concluir que los mexicanos estamos condenados a ser infelices, pues nuestros anales históricos conforman ya una cantidad más que respetable. Si los códices prehispánicos no hubieran sido destruidos sistemáticamente y se pudieran añadir a lo publicado sobre México desde el siglo XVI, se requeriría una auténtica megabiblioteca para albergarlos.
Afortunadamente, lo afirmado por Carlyle en torno al registro del pasado de un pueblo fue sólo el desahogo ingenioso de un historiador. En la realidad, nuestra felicidad colectiva puede depender de muchas cosas, pero nunca de olvidar nuestro pasado. La tarea de crear, ensanchar y ahondar en la memoria colectiva es un esfuerzo intelectual complejo, indispensable e insustituible para mantener la identidad nacional; conocer el pasado es parte de la explicación del presente y un elemento esencial para enfrentar el futuro.

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Atlas histórico de México 
José Woldenberg
1 Ene. 2009
 
Conjugar la historia y la geografía no es algo nuevo. No obstante, resulta pertinente e interesante. La historia para recuperar y recrear la memoria y la geografía para ubicarla en un territorio determinado. Ambas disciplinas ofrecen mucho al conocimiento. Sin ellas la vida y la experiencia se angostan y pierden densidad. Y ambas, aunque muy anteriores a la Ilustración, recibieron un enorme impulso de este más que potente movimiento intelectual, que intentó poner en el centro las explicaciones racionales de los fenómenos sociales.

Enrique Florescano y Francisco Eissa acaban de publicar el Atlas histórico de México (Aguilar. México. 2008. 267 pags.), consistente en una serie de mapas sucesivos que combinan ambas dimensiones: la historia y la geografía. Desde la “formación y características físicas del territorio nacional” hasta el “México moderno”, pasando por la “época prehispánica”, “la conquista”, “el Virreinato”, “La guerra de Independencia”, el siglo XIX y “La Revolución Mexicana”.

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